Mariano
se despidió de Joaquín y comenzó a caminar por la avenida Corrientes. Cuando
dobló la esquina se encontró delante suyo con una pequeña mochila de cuero que
colgaba de los hombros de una mujer, de la mochila salía un palo de amasar.
Mariano,
hipnotizado por esta imagen, comenzó a seguir al palo de amasar que se alejaba
más rápido de lo que él podía acercarse. Empezó a acelerar su paso, cada vez
que intentaba tomarlo entre sus manos el palo se alejaba. Mariano comenzó a
aumentar la velocidad. La mochila se agitaba de un lado a otro. Volvió a estirar
sus brazos para agarrar el palo, cuando ya casi lo tenía desapareció al doblar
la esquina. Desesperado miró a ambos lados hasta ver la pequeña mochila de
cuero. Volvió a seguirla. A esta altura su caminata se había convertido en un
trote. La mochila comenzó a cruzar la calle. Mariano miró a un lado y a otro y
cruzó detrás de ella. Continuó la cacería. Ya estaba más cerca. Su cara comenzó
a tensarse a punto de estallar en un grito silencioso. Las gotas de sudor corrían
por su rostro. Estiró su brazo lo más que pudo. Lo había logrado. Tenía el palo
de amasar entre sus manos, lo miraba desorbitado, no lo podía creer. Miró al
cielo con los brazos abiertos, las gotas de lluvia comenzaron a resbalar por su
cara mientras agradecía al cielo.
Volvió
en sí, salió corriendo a buscar al viejo al bar donde estaba siempre, haciendo
nada, tomando café y fumando. Entró al bar con el palo de amasar en la mano
derecha, abrió las puertas, quedó parado unos instantes mirando con ira a los
presentes hasta que divisó al viejo. Se lanzó sobre él y comenzó a pegarle con
el palo. Una y otra y otra vez. No podía parar. La ira se veía reflejada en su
cara.
-
¡Eh! ¡Pibe! ¡No escuchás la bocina!
Mariano
quedó boquiabierto. Estaba a punto de cruzar la calle cuando el taxista lo
despertó.
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