lunes 26 de septiembre de 2011

Capítulo 4


Mariano se despidió de Joaquín y comenzó a caminar por la avenida Corrientes. Cuando dobló la esquina se encontró delante suyo con una pequeña mochila de cuero que colgaba de los hombros de una mujer, de la mochila salía un palo de amasar.

Mariano, hipnotizado por esta imagen, comenzó a seguir al palo de amasar que se alejaba más rápido de lo que él podía acercarse. Empezó a acelerar su paso, cada vez que intentaba tomarlo entre sus manos el palo se alejaba. Mariano comenzó a aumentar la velocidad. La mochila se agitaba de un lado a otro. Volvió a estirar sus brazos para agarrar el palo, cuando ya casi lo tenía desapareció al doblar la esquina. Desesperado miró a ambos lados hasta ver la pequeña mochila de cuero. Volvió a seguirla. A esta altura su caminata se había convertido en un trote. La mochila comenzó a cruzar la calle. Mariano miró a un lado y a otro y cruzó detrás de ella. Continuó la cacería. Ya estaba más cerca. Su cara comenzó a tensarse a punto de estallar en un grito silencioso. Las gotas de sudor corrían por su rostro. Estiró su brazo lo más que pudo. Lo había logrado. Tenía el palo de amasar entre sus manos, lo miraba desorbitado, no lo podía creer. Miró al cielo con los brazos abiertos, las gotas de lluvia comenzaron a resbalar por su cara mientras agradecía al cielo.

Volvió en sí, salió corriendo a buscar al viejo al bar donde estaba siempre, haciendo nada, tomando café y fumando. Entró al bar con el palo de amasar en la mano derecha, abrió las puertas, quedó parado unos instantes mirando con ira a los presentes hasta que divisó al viejo. Se lanzó sobre él y comenzó a pegarle con el palo. Una y otra y otra vez. No podía parar. La ira se veía reflejada en su cara.

- ¡Eh! ¡Pibe! ¡No escuchás la bocina!

Mariano quedó boquiabierto. Estaba a punto de cruzar la calle cuando el taxista lo despertó.

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