Sentada en La paz leyendo a Haruki en diagonal al bar al que él solía ir. Me encuentro en una vidriera, desde las cuatro esquinas se me ve perfectamente. Entre lectura y lectura miro hacia esa esquina soñando con que él esté ahí haciendo lo mismo que yo y al levantar su cabeza me ve, llama desesperado al mozo, le paga, abre la puerta y se lanza raudamente hacia mí cruzando las dos calles en diagonal sin importarle absolutamente nada, llega hasta mí y fundirnos en un abrazo eterno.
Bueno, es obvio que eso no va a ocurrir. De todos modos no abandono la ilusión y cada tanto levanto la mirada entre capítulo y capítulo hasta que de repente me quedo observando los alrededores del bar de enfrente: de un lado del bar otro bar, árboles, la calle, la tienda de celulares, la panchería, el quiosco de diarios; del otro lado del bar El palacio de la papa frita ese lugar al que tantas noches nos habíamos prometido ir. Pero esa promesa no va a cumplirse, hace una semana todavía había esperanzas de probar esas deliciosas y famosas papas soufflé acompañadas de una deliciosa bondiola con salsa de ciruelas y puré de manzanas. Las peleas, las discusiones, los no entendimientos, los caprichos, las susceptibilidades fueron las culpables de que no probáramos esas exquisitas papas.
Y así fue como nunca fuimos al Palacio de la papa frita pero sí fuimos al Palacio de la pizza, dos plebeyos atendidos por súbditos del rey que preparaban una exquisita fugazzeta rellena, entre trompetas y banderines nos abrían las puertas.
Vuelvo a mi lectura, dejando atrás el delirio de cruzar la avenida Corrientes sin mirar el semáforo, termino mi café con leche, tomo mi vasito con agua y llamo al mozo para pagar la cuenta. Se acerca, le pago, se va, dejo la propina. Comienzo a planificar el sábado a la noche, veré una película de Chaplin, tomaré un rico vino y comeré unas empanadas.
Ya dispuesta a irme levanto la mirada para emprender la retirada y en la puerta del bar lo veo ahí parado, sí, a él, a punto de entrar para hacer lo mismo que yo estaba haciendo hace unos instantes. Quedamos los dos petrificados mirándonos y hasta con un rictus de segunda oportunidad.
Entra, suenan las trompetas y se vuelven a abrir las puertas del palacio.
Vuelvo a mi lectura, dejando atrás el delirio de cruzar la avenida Corrientes sin mirar el semáforo, termino mi café con leche, tomo mi vasito con agua y llamo al mozo para pagar la cuenta. Se acerca, le pago, se va, dejo la propina. Comienzo a planificar el sábado a la noche, veré una película de Chaplin, tomaré un rico vino y comeré unas empanadas.
Ya dispuesta a irme levanto la mirada para emprender la retirada y en la puerta del bar lo veo ahí parado, sí, a él, a punto de entrar para hacer lo mismo que yo estaba haciendo hace unos instantes. Quedamos los dos petrificados mirándonos y hasta con un rictus de segunda oportunidad.
Entra, suenan las trompetas y se vuelven a abrir las puertas del palacio.
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