Así le decían, Cabecita de oro. Era un delantero de esos que ya no se ven más. Su camiseta era la número nueve y se caracterizaba por convertir goles en el último minuto del partido; su récord había llegado a ser de tres goles en los últimos tres minutos. Increíble. Imparable. Al faltar cinco minutos para finalizar cada partido los oponentes rezaban para que Cabecita no pisara el área, y si llegaba a haber alargue temblaban porque sus chances de convertir aumentaban.
Aquel partido fue inolvidable. Cabecita, Raúl para los amigos, estaba iluminado, había convertido dos de los tres goles que había marcado su equipo, el Manfreddi Football Club, que estaba por consagrarse campeón del torneo local por primera vez en su historia.
Había sido una excelente campaña de todo el equipo, con Emiliano Rosqueta como D.T., el mismo que había consagrado campeón a Vigorosos de Almafuerte con Pipo Lucerna de arquero (otra figura de nuestro fútbol a la que le dedicaremos en otro momento unas páginas).
Cabecita de Oro
era moreno, corpulento, un metro noventa de altura, amplia espalda, ojos claros y pelo amarronado. Había nacido en un barrio capitalino de casas bajas, veredas rotas por las raíces de los árboles, calles vacías y tardes de siesta. Seguía teniendo los mismos amigos de la infancia, aquellos con los que compartió el potrero; con ellos tenía un ritual después del colegio: pasaban por la placita del barrio y se quedaban a jugar "un picadito". En ese entonces ya se vislumbraba que Raúl iba a ser un ícono del fútbol. Era siempre el goleador. De puntín, de taquito, chilena, rabona y por supuesto de cabeza. El partido terminaba cuando escuchaba el grito de su madre que lo llamaba a comer, ahí saludaba a "los pibes" y se iba a comer a su casa en medio de los retos de su madre por la mugre que traía.
Un día su tío fue a almorzar a su casa. La madre de Raúl estaba muy enojada con él porque no llegaba. El tío ante la preocupación de ella fue a buscarlo. Se paraó en la esquina del potrero y vió maravillado las gambetas que hacía su sobrino. Estaba boquiabierto y no podía creer la destreza de Raúl. Ese día el tío le propuso a él y a su madre presentarlo en el Club Atlético Alfonso Casares. A la semana estaba haciendo la prueba. Maravillados por sus hazañas, las autoridades lo admitieron inmediatamente.
Raúl jugó durante varios años en la reserva y luego dos años como suplente hasta que el Pepe Rossi (mediocampista como nunca hubo en la historia, que hacía los pases justos, daba ese toque que necesita un goleador para lucirse. Rossi nunca fue la estrella porque no convertía los goles pero fue un héroe de la cancha que llevaba el número nueve prácticamente tatuado en su espalda. Él y la pelota, el jinete y su corcel) se fracturó la tibia y el peroné un frío sábado de invierno que nunca olvidaría. En su reemplazo entró Raúl, en el minuto cuarenta y dos del primer tiempo. El partido iba uno a cero, ganaba Domecq. Comenzado el segundo tiempo marca el primer gol para Casares el Toti Perea. Faltando tres minutos para finalizar el encuentro Mancuso cruza el medio de la cancha, esquiva a dos oponentes y se la pasa a Perea. Perea va por la derecha, y escapa a tres defensores. Llega a la línea lateral de la cancha y se la pasa a Raúl que está en el área. Raúl salta solo, cabecea y clava la pelota en el ángulo. ¡GOOOOOOOL! En ese instante, ese frío sábado de invierno, nacía Cabecita de Oro.
Luego de su primer partido que le dio la victoria a Alfonso Casares, estuvo en la cancha en los dos partidos que le siguieron, dando siempre por ganador a su equipo. Fue entonces cuando el club decidió dejarlo titular. Jugó tres años llevando consigo varios triunfos: dos veces campeones del torneo local, ganadores de la copa Lindoro Forteza, de la copa Continental y del torneo de Leningrado que se juega cada cinco años.
Volvamos al partido que consagraría al Manfreddi Football Club campeón por primera vez en su historia. Faltando siete minutos para finalizar el encuentro expulsan a Rupetakis por cometer una falta grave contra "Napoleón" González, volante de Lomas de Moreira, dos veces campeón del torneo. Con diez jugadores al Manfreddi se le dificultaba llegar al área contraria. Sólo un gol evitaría el sufrimiento de los penales. Sólo un gol para que el Manfreddi lograra esa victoria que se había prometido desde su fundación. En el minuto cuatro le cometen falta en el área a Cabecita. Penal para el Manfra, como le decían sus hinchas. Cabecita, que se caracterizaba por su humildad, cedió el tiro a Hernando Perpetua. Con un lento trote se acercó al balón y lo pateó. El arquero eligió la derecha y Perpetua la izquierda, pero la pelota rozó el palo y salió fuera de la cancha. Todo el equipo del Manfreddi se agarraba la cabeza y no podía creer lo sucedido. Por un instante habían acariciado la copa y se les fue de las manos. Lomas respiró aliviado y sobre todo el arquero. Faltaban tres minutos. De seguir con ese resultado irían a penales y necesitarían tener la misma suerte.
A los dos minutos Emiliano Rosqueta hace un cambio estratégico para la definición por penales: Mastorso por Piperna. Luis Mastorso había sido el goleador del último mundial y no había errado ninguno de los penales que había pateado.
Ya finalizando el partido, el árbitro Pesada alargó la final dos minutos. Durante el minuto y medio que le siguió al encuentro los contrincantes no hicieron otra cosa que tirar la pelota afuera, hasta que un error del defensor Travolta de Lomas de Moreira provocó aquel famoso corner. Treinta segundos. Treinta segundos para la victoria o la agonía por los penales.
Casi todo el equipo de Lomas de Moreira estaba en el área. Empujones, insultos, agarres, gritos. El corner lo iba a patear Mastorso. Los entrenamientos habían servido para que Cabecita de oro y Luis Mastorso se convirtieran en una dupla goleadora. Cabecita estaba parado en el palo contrario del tiro de esquina. Cabecita se encontraba marcado por un volante, el resto de los oponentes se encontraba en el centro del área. Pita el árbitro. Levanta la cabeza Mastorso. Mira a Cabecita de oro. Baja su mirada al balón y patea. La pelota, que parecía teledirigida, va directo a Cabecita. Salta a su encuentro al lado del palo. Las bombas brasileras comenzaron a estallar, el cielo quedó cubierto por la pirotecnia. Nubes con los colores del Manfreddi cubrían el estadio. Lágrimas que estuvieron esperando más de cincuenta años brotaban sin parar. Abuelos, padres, hijos y nietos se abrazaban en este glorioso festejo. Los bombos y trompetas no dejaban de sonar. Una tarde inolvidable para el fútbol. Un hecho histórico. ¡Manfreddi Football Club campeón! Manfreddi Football Club campeón del torneo por primera vez.
Cabecita de oro, Raúl, fue el único que no festejó. El arquero rival, el juez de línea, el equipo contrario veían azorados como Cabecita yacía muerto al lado del arco. De su cabeza brotaba un líquido dorado.